miércoles, 3 de noviembre de 2010

Anecdotario

Dificilmente pueda considerarme un cinéfilo. De hecho creo que estoy bastante lejos de serlo. Menos aún haré un análisis de ello en estas líneas. De lo que si puedo hablar es de un niño que creció en companía de las imágenes que absorbía del televisor y el cine y que hoy, con toda seguridad, ese niño que por ahora tiene 24 años y que encima soy yo, encuentra en sus recuerdos las imágenes que aquel vió, y que a través del recuerdo, recupera la magia y el sentimiento que aquel niño vivió.
Puedo decir, luego de haber trabajado algunos años en salas cinematograficas, que niños menores de dos o tres años dificilmente estén acostumbrados al rito de sentarse pasívamente frente a una pantalla en la que se mueven cosas. Vi a muchos de ellos llorando en los brazos de sus madres. Con la televión es un caso distinto. Lejos de una salida programada, ellos se chocan con el televisor y se ven atrapados progresivamente por él. En el caso de este niño particular, osea yo, no tardé demasiado en acostumbrarme a las dos pantallas. No es casual que uno de los recuerdos que considero el primero de todos los recuerdos sea estar de la mano con mi abuelo mirando hacia arriba y ver un armazon enorme de carton que era de la película El Oso, de 1988 y que trataba lógicamente de un oso. No se si ese dia la sala estaba llena, o si fui otro niño lloron o que. Sólo se que en algún momento la ví, y muy posiblemente haya sido la primera vez que haya visto sangre, con todo lo que ello significaba. Al volver a ver la escena particular en la que el oso cae herido con sangre en su lomo, recupere ese sentimiento e instantaneamente supe que habia sido la primera vez que habia visto sangre.


No intentaré establecer una cronologia de las cosas que vi. Como los recuerdos mismos, iré plasmando algunos sentimientos encontrados al frente de una pantalla. Como aquellas reuniones entre primos, en una habitación oscura, siendo yo el menor de todos los que habían en ella mientras los adultos dormían. Una de ellas fue mi primer encuentro con el terror, encuentro que iba a marcar mi tendencia visual. Pusieron Mi querida Dolly. Nunca imaginé, ni tampoco me habían avisado de que trataba el terror. Una muñequita que se moviera sóla, que apareciera y desapareciera de la pantalla y que con gestos horribles me mire casi directamente a mi, alcanzó para explicarmelo. Creo que ni terminé de mirarla. No tenía la fuerza para afrontarlo. Así que decidí seguir probando con otras películas de terror, sea alquiladas o por tele. De a poco me fui afianzando y así pasaron Critters, las de Freddy, las de Chucky. Ni que decir de IT, lejos la que más me aterrorizaba. Hasta Los Cazafantasmas daba miedo. Vaya cuando vaya al video club, era siempre para alquilar una de terror. Hasta me acuerdo el número de socio: 1180.
Eran tales las ganas de terror que en una ocasión vi a Robert Englund en la tapa de un vhs. El fantasma de la ópera decía y corría 1989. Englund + fantasma= terror. Todo cuadraba. El del video club me avisó, está en ingles. No me importó, no sabía leer, la llevé igual. Que decepción. No entendía nada y no me aterrorizó en lo más minimo. No la terminé de ver, nunca más la volví a ver. No creo que la mire.



Después, sin alejarme del terror, la tele me ofrecía otras cosas. Y compré. Ya sabía leer y podía enterarme, por ejemplo que Los Pitufos estaban a las cuatro de la tarde, después de Utilisima. Pensar que sufría los últimos 10 minutos de este programa sólo para ver Los Pitúfos a tiempo.
Inolvidables los sábados y sus Cuentos Asombrosos y esa intro de John Williams, no menos asombrosa. Y de John Williams tambíen la intro de Star Wars, que alguna vez fue pasado, pero nunca dejó de ser presente, por lo que queda afuera de este anecdotario.
Y ya que estamos con la música, nunca me olvidé la melodía de El Mundo del Espectáculo y esa voz única que te preparaba y disponía para seguir mirando aquello que mirabas.

Disney merecería un blog aparte. Creo que Dumbo fue la primera que ví, si no fue Fantasía o Alicia en el Pais de las Maravillas. Las veía varias veces a cada una sin nunca aburrirme, asi que ya nose. Mención aparte para el cocodrilo de Peter Pan y su Tic Tac que me causaba un profundo misterio sin poder comprender lo que ello significaba. Ni hoy creo que lo sepa. Solo un cocodrilo y un tic-tac. Con ello alcanzaba.

La primera infancia se alejaba. La primaria no hace mucho comenzada y el niño ya se empezaba a quedar despierto hasta mas tarde. Asi descubrió un mundo nuevo. Porkys, Cine de Trasnoche, Beavis and Butt-Head, la serie Televisiva de Pesadilla en Elm Street. Mirar esos contenidos a esas horas producía el sentimiento de aquel que se encuentra con lo desconocido, algo que comprende a medias al mismo tiempo que se siente como un tramposo, como un hereje, un transgresor que ya no hacía caso al horario de protección al menor.
Al mismo tiempo llego la etapa del Animé. Supercampeones, Caballeros del Zodiáco, Dragon Ball. Sentimiento obligado era el de identificarse con alguno de los héroes y no abandonarlo nunca. Mas que no abandonarlo uno mismo se creia ese héroe. Tom, Shiru o Gohan fue también ese niño.

Así se fue encontrando con muchas otras imágenes. Hay muchísimas que dejo afuera y otras que seguro no estoy recordando. Lo que puedo decir con seguridad, es que esa magia y ese sentimiento eran mucho más intensamente vividos de lo que lo son ahora. Se perdió algo de esa inocencia y esa creencia de lo real de lo que se estaba mirando. O quizá no. Estos sentimientos generados frente a la pantalla, hoy en día estan muy frescos para vivirlos intensamente. Dentro de otros veinte años les cuento.

1 comentario:

  1. Me encanto Maty!
    Es increile recordar ademas de la pelicula y todo lo que nos genero, el recuerdo del momento en que la vimos...
    Una situación y dos recuerdos separados (o juntos...)Pero inolvidables.

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